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Seis grados de separación

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Seis grados de separación

En 1929, el escritor Frigyes Karinthy en el cuento Cadenas formuló la hipótesis de que todos los seres humanos estamos separados – o mejor, unidos-, por seis grados de separación. Estamos a seis pasos, a seis clicks de cualquier persona del mundo. ¿A cuántas personas conozco? A través de ellas podría llegar a cualquier otra persona simplemente buscando los lazos de unión que podemos tener a través de amistades. Por eso, el número de personas interconectadas crece exponencialmente. En realidad, estamos abiertos a la totalidad, es un mundo pequeño. Después, en 1967, el psicólogo social Stanley Milgran, quiso comprobar que, efectivamente, eran seis los pasos que habría que dar enlazando unas amistades con otras para llegar a cualquier persona. A pesar de que su experimento no fue del todo exitoso, sin embargo, sí que pareció que eran seis los saltos que habría que dar. Antes de que aparecieran las redes sociales, ya, sin saberlo, estábamos conectados unos con otros y no solo por una razón teológica, es decir, no solo por haber sido creados por Dios sino por una razón de espacio y de amistad.

Más recientemente, una muy desconocida película, titulada Seis grados de separación, protagonizada por Will Smith, Stockard Channing y Donald Sutherland llevó a la pantalla una obra de teatro previa de John Guare poniendo rostros a esa pequeñísima distancia que nos separa.

Parece una hipótesis propia de nuestra época, de la globalización cuando ya el mundo sí que se ha convertido en un pañuelo y ha roto fronteras en las distancias y, por lo tanto, también en el tiempo porque ambas cosas van unidas.

Estamos llamados a descubrir que estamos mucho más cerca de lo que creemos unos de otros. Nos empeñamos en la diferencia, en los distintos puntos de vista, en los matices y estamos íntimamente unidos unos a otros. Buscamos la ruptura cuando deberíamos encontrar la unidad. Ni las heridas en el corazón pueden separarnos.

Si es verdad, o debe ser verdad, que los cristianos somos la sal de la tierra y la luz del mundo, es exigencia del Evangelio que cambiemos nuestra forma de pensar y que nos pongamos a construir un mundo nuevo. Cuando decimos que debemos diferenciarnos no podrá ser solo en el terreno de la moral. o reducirlo a la moral sexual. Un cristiano lo es porque Dios abre los horizontes de su vida y, por lo tanto, busca la unidad, busca la paz, busca la concordia y busca el encuentro allí donde pueda haber división. Bien nos valdría grabarnos a fuego la oración de san Francisco de Asís: ser instrumentos de paz para que donde haya odio, pongamos amor.

@miguelangeljs

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real el 8 de septiembre de 2019

 

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