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San Padre Pío de Pietrelcina, el santo de todos, el santo del pueblo

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San Padre Pío de Pietrelcina, el santo de todos, el santo del pueblo

Su culto, tan popular y querido en Italia, debe ser extendido también en España. El día 23 de septiembre es su memoria litúrgica obligatoria en toda la Iglesia.

En abril de 2004, un hermano capuchino navarro, que presta servicios sacerdotales en San Giovanni Rotondo, conocedor de mi gran devoción por el Padre Pío de Pietrelcina, me invitó a conocer este Santuario y la patria del santo de los estigmas. Durante un fin de semana largo peregriné a estos lugares de gracia del queridísimo Padre Pío. Oré reiteradamente ante su tumba, celebré una hermosa y devota eucarística en su pequeña capilla de los años en que no podía ejercer el ministerio para los fieles, me postré ante el Cristo frente al cual recibió el don y de la cruz de las llagas, visité ese pequeño Asís del siglo XX que es Pietrelcina, recorrí la nueva y esplendorosa nueva Basílica, conversé con compañeros y testigos vivenciales de su prodigio como Fra Tomasino…

 Hizo sol y lluvia. Y así me alumbré y me empapé de la gracia de Dios que llega generosa y fecunda a través de uno de los más grandes santos de todos los tiempos. Y escribí el artículo que ahora sigue y quiero conservar y volver a publicar íntegro, tal y como lo redacté con el alma y la gratitud hace ya cerca de año y medio cuando iba a inaugurarse la nueva Basílica. Sin duda, que en el álbum vital de mis caminos sacerdotales y periodísticos aquellos días en San Giovanni Rotondo los conservo -los debo conservar- como oro en paño, como gracia cuajada y remecida.

El Santuario de San Giovani Rotondo, en el sur-este de Italia, a los pies del monte Gargano, junto al golfo de Manfredonia a las orillas del mar Adriático, fue el espacio vital de este hombre excepcional durante 52 años, convirtiéndose en vida del santo fraile capuchino y más todavía después de su muerte en unos los lugares más visitados de la cristiandad y en un continuo manantial de gracias de lo Alto. Más de siete millones de personas lo visitan cada año, haciendo de esta desconocida localidad italiana la segunda meta de peregrinaciones de toda la Iglesia, tan sólo detrás del Santuario de Guadalupe en México y por encima de Fátima, Lourdes, San Pedro de Roma, el Pilar de Zaragoza o Tierra Santa.

Pero, ¿quien es el Padre Pío?

Pero ¿quién fue el Padre Pío de Pietrelcina, a qué se debió y se debe tanta notoriedad y devoción, cuando, sin ir más lejos, en España es casi un perfecto desconocido o a lo sumo un santo de los tantos últimamente canonizados? San Pío de Pietrelcina fue un instrumento dócil y fecundísimo de Dios en su providencia amorosa hacia los hombres, una imagen inequívoca de su presencia solidaria en medio de nosotros, un testigo cualificado y gratuito de su amor, de su misericordia y de sus continuas llamadas a nuestra conversión.

Su vida, de 81 años, se podría resumir en breves y escasas líneas. El grueso de ella transcurrió en el apartado y recóndito lugar ya citado de San Giovani Rotondo. Fue uno de los miles y miles de consagrados que ha habido y hay en la Iglesia. No sobresalió por una especial inteligencia ni por logros humanos fácilmente cuantificables. Su vida fue obra de la gracia excepcional de Dios y de su respuesta admirable y continua, manifestada a través de signos sobrenaturales como los estigmas en pies, manos y costado que le acompañaron visiblemente durante 50 años, más otros 8 previos presentes las llagas de manera invisible. El Señor le visitó también con la transverberación, con la flagelación, con la coronación de espinas, con los dones de la bilocación, del conocimiento interno de las conciencias, de la profecía y del milagro y con la misma persecución en el propio seno de la Iglesia. “Sufro mucho -afirmaba-y cada día quiero sufrir más por Jesucristo y por los hombres”. Fue el cirineo de todos, y todos, tantos y tantos, como acudían y acuden a él a que les ayude, en efecto, a llevar la cruz.

La devoción al Padre Pío en Italia y en otros lugares del mundo fue y es tanta que él mismo afirmó “todos y cada uno podéis decir: <el Padre Pío es mío>”. Prueba de ello fueron las celebraciones, en olor de multitudes, de beatificación el 2 de mayo de 1999 y de su canonización el 16 de junio de 2002; prueba de ello es el constante fluir de gentes y gentes a evocar y venerar sus reliquias; prueba de ellos son las cerca de treinta obras asistenciales y de caridad que lleva a cabo la Fundación “San Padre Pío” y que atiende a niños enfermos, a discapacitados, a ancianos, a sacerdotes mayores y a tantas y tantas personas necesitadas; prueba de ello fue una de las grandes de su vida, el Hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, construido en San Giovani Rotondo con más de mil doscientas camas para enfermos y unos dos mil puestos de trabajos generados por el Hospital; prueba de ello son los cientos de grupos de oración, esparcidos por todo el mundo o su actual presencia virtual y mediática a través de revista, Radio y Tele Padre Pío e Internet.

¿Pero qué hizo el Padre Pío?¿Pero qué hizo? El Padre Pío, San Pío de Pietrelcina, no hizo sino recibir las gracias de Dios y dar respuesta a ellas mediante su vida de oración, sufrimiento y caridad. Confesaba de mañana a la noche; celebraba humildemente la eucaristía del alba al crepúsculo y allí, en la misa de cada día -así nos testimonian quienes participaban en ellas- se hacía visible y sentido el misterio del calvario; recibía cartas y peticiones sin cesar, que él guardaba junto con sus llagas y respondía iluminando tantas veces el sentido del dolor que aquellas peticiones expedían; rezaba constantemente el rosario con tierno amor a la Madre e inculcaba la devoción mariana como privilegiado camino de vida cristiana y de santidad; tenía siempre abierto su corazón lacerado a todas las necesidades que le llegaban y ejerció la caridad de modo eminente, heroico y fecundo.

Fue y es el santo del pueblo, el santo de todos: “todos y cada uno podéis decir: <el Padre Pío es mío>”. El santo de los religiosos, el santo de los sacerdotes, el santo de enfermos, el santo de los niños, el santo de las mujeres piadosas, el santo de los matrimonios, el santo de agentes de pastoral de la salud, el santo del pueblo, el santo de todos.

¿Por qué no también en España?

Y entre nosotros, en España, apenas es conocido. ¿Se tratará acaso de una de las contradicciones y pruebas que se abatieron sobre su vida? Visitar San Giovani Rotondo y comprobar el constante flujo de los peregrinos, que hacen interminables filas para confesarse, para participar en la eucaristía, para orar y para venerar sus santos lugares me producía en estos pasados días una cierta sana envidia y me parecía como el mejor antídoto de la Iglesia Católica en Italia, donde es tan querido, tan queridísimo, para paliar los efectos corrosivos de la secularización y de la paganización, que atenaza y golpea tanto a las Iglesias de otros países como España.

¿Qué podemos hacer en España para que también el Padre Pío sea “nuestro”, para que también los católicos españoles podamos decir “el Padre Pío es mío”? Debemos conocerle. En los últimos meses se aprecia una lenta pero efectiva producción de biografías en español sobre este santo excepcional hasta ahora casi inexistente. El pasado viernes santo Telecinco ofreció una espléndida película sobre él, la misma que se emitió en Italia en el año 2000. También la RAI hizo otro extraordinario filme sobre nuestro santo. El célebre músico italiano Ennio Morricone, autor por ejemplo de la banda sonora de la película “La misión”, es autor de un oratorio musical sobre el Padre Pío. ¿Tampoco ha de llegar a España? La pastoral de peregrinaciones y de turismo debe encontrar y fomentar una ruta de visita a sus lugares santos. La Orden Capuchina, tan fecundamente presente en España, deberá encontrar los modos y maneras para hacer más conocida, querida e invocada tan proverbial figura.

Este próximo domingo, día 2 de mayo, se cumplen 5 años de su beatificación. El próximo 1 de julio se bendecirá e inaugurará el nuevo Santuario a él dedicado en San Giovani Rotondo. Será, con capacidad para siete mil personas sentadas, el segundo templo más grande de la cristiandad, después de la Basílica de San Pedro de Roma. ¿No sería esta una ocasión espléndida para que los medios de comunicación se hagan eco de la noticia y de que lo que está detrás de la noticia y así San Pío sea más conocido y venerado entre nosotros?

“Es el Señor”

El domingo 25 de abril tuve el honor y privilegio de poder celebrar la eucaristía en la pequeña capilla del convento capuchino de San Giovani Rotondo donde el Padre Pío decía misa durante los dos años en que fue apartado -¡Oh misterio de contradicción!- del ministerio sacerdotal. En el evangelio de aquel día, el apóstol Juan, al reconocer a Jesucristo Resucitado, dice a Pedro “¡Es el Señor!” El Padre Pío de Pietrelcina es testigo del Señor, su historia es la historia del Señor, lo que en él aconteció es obra del Señor. Fue, es el Señor quien lo hizo y quien sigue haciéndolo.

Cuando, al día siguiente me disponía a regresar a España y bajé por última vez a orar ante la tumba del Padre Pío, en mi corazón brotaron una plegaria y un recordatorio del evangelio citado de aquel domingo 25 de abril. La plegaria decía “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”; y la frase del evangelio, escueta frase, interpeladora frase, era “Tú, sígueme”. El Padre Pío es también mío. El Padre Pío debe serlo también de todos, de todos… para nuestro bien, para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Amén.

Jesús de las Heras Muela

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