El Papa Francisco tras las huellas del Padre Pío, 17 marzo 2018

El Papa Francisco tras las huellas del Padre Pío, 17 marzo 2018

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San Pío de Pietrelcina,un extraordinario testigo de la Misericordia.  El 23 de septiembre es la memoria litúrgica es la memoria litúrgica de san padre Pío, el capuchino de los estigmas.

Con ocasión de la visita del Papa Francisco a Pietrelcina, donde el santo nació en 1887, y a San Giovanni Rotondo, donde vivió y murió (1968),  publicamos un artículo de Jesús de las Heras Muela.

Llamado fraile de los estigmas, crucificado de Gárgano, sacerdote de oración y de penitencia, confesor y director espiritual de primera magnitud, el capuchino Pío de Pietrelcina presenta además grandes paralelismos con los más extraordinarios santos de toda la historia Iglesia: como san Francisco de Asís, cuya habito vistió y cuya estela siguió, llegó también impresos los estigmas de Cristo crucificado; como el santo cura de Ars (san Juan María Vianney), fue un confesor incansable, fecundísimo y demandadísimo; como san Vicente de Paúl ejerció admirablemente la caridad; como santa madre Teresa de Calcuta fue venerado ya en vida y seguido por miles de fieles; y así otros tantos, los más extraordinarios discípulos de Jesucristo.

Por ello, el padre Pío se convierte, de este modo,  en pleno Jubileo de la Misericordia, en otro ejemplo admirable, en otra referencia inexcusable para iluminar y guiar este año de la misericordia. San Pío recibió el don de la Misericordia a través de los estigmas y de tantas gracias extraordinarias como el Señor le concedió; y supo ser misericordioso con los demás como el Padre lo fue con él a través de los dos grandes rostros y expresiones de la misericordia: el sacramento de la confesión y el ejercicio de la caridad.

 

81 años de gracias y de pruebas

En el seno de una humilde familia de labriegos y emigrantes, el 23 de mayo de 1887 nació en la pequeña localidad de Pietrelcina, en la región italiana de la Campania, Francesco Forgione, quien quince años después se hará fraile capuchino y recibirá el nombre de Pío de Pietrelcina.

El 10 de agosto de 1910 fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento. Tras ser destinado en distintos y pequeños conventos de su Orden de la provincia de Foggia, en 1916 recala en el santuario de Santa María de las Gracias, en la falda del monte Gárgano, muy próximo al mar Adriático. El 20 de septiembre de 1918 se hicieron visibles y sensibles en su cuerpo –costado izquierdo, pies y manos- los estigmas de la cruz de Cristo, que le producían grandísimos dolores físicos y morales y una enorme contradicción y popularidad. Los estigmas le acompañarán hasta un día de su muerte, en la madrugada del 23 de septiembre de 1968, en el convento capuchino de Santa María de las Gracias de San Giovanni Rotondo. De modo misterioso, de nuevo, las marcas de su crucifixión desaparecieron horas antes de morir.

Su ministerio sacerdotal consistió en la dirección espiritual –en persona o a través de cartas-, en la administración del sacramento de la Confesión –llegaban hasta San Giovanni Rotondo cientos de penitentes que hacían largas colas para poder confesarse-, en la promoción de la caridad a través, sobre todo, del Hospital por él fundado Casa Alivio del Sufrimiento (fue fundada por el padre Pío en 1956 y actualmente cuenta con más de 1.000 camas) y en el apostolado de la oración, fundando los llamados grupos de oración del padre Pío, presentes en numerosos países y con varios cientos de miles de personas entre sus miembros.

Asimismo su sacerdocio se realizó, de modo eminente, a través del sufrimiento y de la asunción en carne propia del misterio de la contradicción y de la cruz –en varias ocasiones fue suspendido temporalmente del ejercicio público del ministerio ante la fama y la contradicción aparente de sus estigmas y son de entonces frases suyas de aceptación de la cruz como esta: “Dulce es la mano de la Iglesia también cuando golpea, porque es la mano de una madre”- y de la piedad marianaFinal del formulario.

Rodeado de la admiración de millones de fieles y en olor de santidad falleció el 23 de septiembre de 1968. Su santuario en San Giovanni Rotondo, en el remoto sur de Italia, ya hasta entonces muy visitado, se ha convertido con el paso de los años en uno de los lugares más visitados de la cristiandad. Hasta allí acuden cada año varios millones de fieles.

Su vida fue obra de la gracia excepcional de Dios y de su respuesta admirable y continua, manifestada a través de signos sobrenaturales como los estigmas en pies, manos y costado que le acompañaron visiblemente durante 50 años, más otros 8 previos presentes las llagas de manera invisible. El Señor le visitó también con la transverberación, con la flagelación, con la coronación de espinas, con los dones de la bilocación, del conocimiento interno de las conciencias, de la profecía y del milagro y con la misma persecución en el propio seno de la Iglesia. “Sufro mucho -afirmaba-y cada día quiero sufrir más por Jesucristo y por los hombres”. Fue el cirineo de todos, y todos, tantos y tantos, como acudían y acuden a él a que les ayude, en efecto, a llevar la cruz.

Él se definía asimismo diciendo que “solo soy un humilde fraile que ora”. Y es que la oración era para él la clave de la vida cristiana y clave y la llave que abre el corazón de Dios. Por ello escribió: “Reza, ten fe y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración… La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón”.

Y aun siendo consciente de la popularidad que suscitó en su vida,  estaba convencido de que sería aún mayor tras su muerte: “Haré más desde el Cielo, que lo que puedo hacer aquí en la tierra”

 

En la gloria y lo que de él han dicho los Papas

El Papa san Juan Pablo II  firmó el decreto de reconocimiento de sus virtudes heroicas con el correspondiente tratamiento de venerable el 18 de diciembre de 1997, lo proclamó beato el 2 de mayo de 1999 y lo canonizó el 16 de junio de 2002. La Plaza de San Pedro de Roma fue el escenario de estos dos últimos hechos.

Las celebraciones de su beatificación y canonización fueron seguidas por cientos de miles de personas. Fue entonces cuando se estableció la oración  litúrgica oficial al santo, que reza así: “Oh Dios, que has otorgado a San Pío de Pietrelcina la gracia de participar de manera especial en la Pasión de tu Hijo, concédenos por su intercesión conformarnos con la muerte de Jesús para ser partícipes de su resurrección“.

El Papa Benedicto XV (1914-1922), cuando apenas nuestro querido fraile era apenas conocido, dijo: “El padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que Dios manda de vez en cuando para convertir a los hombres”. Juan Pablo II, que siendo estudiante en Roma peregrino a San Giovanni Rotondo para confesarse con él, nos propuso su ejemplo en cuatro actitudes centrales para la vida del cristiano: la oración, el sacramento de la penitencia, el amor fraterno y el culto a la Virgen María. “En toda su existencia –afirmó Juan Pablo II en su canonización- buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad”. Y esta sería la definición de san Juan Pablo II sobre el padre Pío: “Fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia”.

También Benedicto XVI aludía con frecuencia a él, incluyéndolo entre los grandes santos de toda la historia de la Iglesia. Benedicto XVI, que en pleno Año Sacerdotal, peregrinó, el 21 de junio de 2009,  hasta San Giovanni Rotondo, definió y sintetizó con estas palabras el ministerio del padre Pío: “Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento” y a sus dos grandes obras los grupos de oración y la Casa Alivio del Sufrimiento, como “viveros de fe y hogares de amor”.

Pero quizás fue el Papa Pablo VI quien mejor lo definió: “¡Mirad qué fama obtuvo! ¡Qué clientela mundial reunió junto a sí! ¿Pero, por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Por qué era un sabio? ¿Porque tenía medios a su disposición? No. Celebraba la misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, aún si es difícil de admitir, el verdadero representante de los estigmas de Nuestro Señor. Era hombre de oración y de sufrimiento”.

 

Icono del Año de la Misericordia

         Una de las convocatorias más multitudinarias de las llevadas a cabo hasta ahora con ocasión del presente Año Jubilar de la Misericordia fue precisamente la peregrinaciones de las reliquias del santo a Roma. El epicentro de dicha convocatoria fue el sábado 6 de febrero.

Aquel día el Papa Francisco impartió una catequesis jubilar extraordinaria en la Plaza de San Pedro de Roma. En ella, nos legó estas frases y pensamientos sobre el padre Pío y su significado: “Realmente podemos decir que el Padre Pío era un servidor de la misericordia. Lo fue a tiempo completo, la práctica, a veces hasta el agotamiento, el ministerio de la escucha. Se convirtió, a través de la del ministerio de la confesión, en una caricia viviente de Padre, que cura las heridas del pecado y conforta el corazón con la paz. San Pio no se cansó jamás de recibir a las personas y de escucharlas, de gastar tiempo y fuerzas para difundir el perfume de perdón del Señor. Podía hacerlo porque siempre estaba unido a la fuente: se saciaba continuamente de Jesús Crucificado, y así se convirtió en un canal de misericordia”.

Y en relación a la Casa Alivio del Sufrimiento, la gran obra de misericordia corporal del padre Pío, por él creada hace sesenta años, el Papa Francisco afirmó lo siguiente: Él deseó que no fuera solo un hospital excelente, sino un «templo de ciencia y de oración». En efecto, «los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial» (Benedicto XVI, encíclica Deus caritas est, 31). Es tan importante esto: curar la enfermedad, pero, sobre todo, cuidar al enfermo”.  Y es que “«el enfermo es Jesús», el enfermo es Jesús, es la carne de Cristo”.

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