El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio

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El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio

Apuntes para una homilía y una meditación  en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Leía estos días en un artículo del jesuita Alberto Núñez, en la revista “El Mensajero” que el Sagrado Corazón es un símbolo del inmenso amor de Dios al hombre manifestado en Jesús ya que en El Dios nos da la totalidad de ser que es el amor. A su vez, esta devoción al Corazón de Cristo,  simboliza también nuestra identidad profunda de hijos e hijas de Dios creados a imagen de Cristo y hechos para amar con todo el corazón. Pero aún más, en su Corazón se visibiliza asimismo la verdad misma del hombre, de ese hombre que  también, en todo excepto en el pecado, fue Jesús de Nazaret.

“Contemplando el corazón de Jesús, el primogénito de toda la creación, las criaturas todas pueden ver su última finalidad y el hombre comprende su ser más profundo, su corazón”, y su vocación y destino al amor: a ser amado y a amar. Y así “el contenido esencial de la espiritualidad del Corazón de Jesús, no puede ni estar de moda ni dejar de estarlo, pues se trata, como muchas han repetido los Papas, de una síntesis del cristianismo y de la norma de vida más perfecta”.

         Y con razón, el año pasado en el alba del mes del mes de junio, del  mes del Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI afirmó que ell Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana, es la síntesis de la Encarnación y de la Redención, es el manantial de la bondad y de la verdad, es la expresión de la buena nueva del amor, es palpitación de una presencia en que se puede confiar. “Desde el horizonte infinito de su amor, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús”.

Y es que necesitamos a Alguien a quien recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el cansancio de la vida cotidiana. Y cuando nos detenemos en el silencio de nuestra vida, necesitamos experimentar no sólo el palpitar de nuestro corazón, sino, de manera más profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo, corazón del hombre, corazón del Evangelio.

Por ello, por ello, sí, Corazón de Jesús, en Ti confío

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